Desvanecer
lo lejano, se compone por un ensayo fotográfico donde reflexiono a través de
una problemática social como la extinción física y cultural de un pueblo (tomando
como ejemplo a la etnia Kiliwa, Baja California Norte, México); cuestiones como
la identidad, la memoria y el olvido, que he trabajado desde otras perspectivas
en mi trayectoria.
En
este proyecto dialogo con el discurso documental-conceptual fotográfico, para
explorar tres temas que me parecieron importantes durante el desarrollo del
proyecto: la identidad como territorio, la palabra como memoria, y finalmente
la representación histórica, dentro del contexto de cómo se ve al otro.
Este
proyecto culmina con la edición de un libro y una exposición con el mismo
título, incluyendo además al guión conceptual y museográfico, video, libros de
artista e instalación.
“Pues si me muero vuelvo otra vez de vuelta
porque aquí esta bonito, y si me voy y ya no vuelvo,
es muy triste también. Pero yo digo una cosa, todo
esto no es de nosotros,
nada, absolutamente nada
todo lo que tienes va a quedar
aquí en la tierra”.
Trinidad Ochurte, cantador Kiliwa
El
proyecto Desvanecer lo lejano, fue
realizado gracias al apoyo del Programa de Fomento y Coinversión a Proyectos
Culturales 2007-08 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).
Desvanecer lo lejano
Cecilia Hurtado
La fotografía es una forma de lenguaje, tiene otros tantos usos y
fines, además de ser imprescindible: puede servir como registro, archivo,
recuerdo, medio de expresión y hasta como objeto artístico, entre tantas cosas.
Siempre me ha llamado la atención, cómo la fotografía ha rebasado tantas
necesidades, resultando ser un paradigma por su importancia y trascendencia en
tan corto tiempo que tiene de existir.
Yo no puedo imaginar un mundo sin fotografías, tal
vez por eso me dedico a esto; me gusta pensar en cómo una fotografía nos hace
conocer, aprender y entender lo que nos
rodea, lo que imaginamos, hasta lo que sentimos; cuando vemos una fotografía
las cosas parecen incluso más reales, no sólo por lo que hay en la imagen, es aquello que nos hace ver algo más, creo que es parecido al
recuerdo. Cuando pienso que también el lenguaje fotográfico es aquello que no
se ve, aquello que se excluye al decidir qué fotografiar, al igual que elegimos
qué guardar en nuestra memoria.
Dentro de mi proceso personal, he sentido que si bien
me interesa hacer imágenes bellas y significativas, creo más que nada que mi
objetivo temático ha sido hacer evidente lo perdido; como escribió Susan
Sontag: una fotografía es a la vez una pseudo presencia y un signo de ausencia.
A partir de una pérdida personal (la muerte de mi madre), empecé a crear una
serie de proyectos que ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta de que
todos se refieren a la ausencia, a algo o alguien que no está, al recuerdo y cómo
vemos el pasado, a la melancolía de aquello que parece perdido. El vacío que
deja una ausencia, como si con mis imágenes quisiera encontrar algún testigo,
una huella, de que alguna vez estuvo eso,
aquello que me parece vital pero que sólo lo encuentro en objetos, lugares
solitarios o documentos viejos, olvidados. Convirtiéndome casi a la obsesión nostálgica
de hacer evidente la presencia de aquello que ya no existe.
Es por eso que encuentro en este proyecto una veta
más para explorar y analizar lo ausente. La historia de una cultura, que provoca
desolación por la inminente extinción física y cultural de su pueblo; éste fue
el punto de partida de una idea a desarrollar, y como ejemplo, los kiliwa,
originarios de Baja California que formaron parte del pueblo yumano:
“Que se
autonombran ko´lew, voz que se traduce como “hombre cazador”, “gente como
nosotros” o “los que se van”, originalmente eran nómadas, y estaban organizados
en pequeñas bandas familiares que viajaban en ciclos estacionales, viviendo de
la recolección, la caza y la pesca, aprovechando los diversos ecosistemas de
los territorios que compartían con otros clanes”. Los kiliwa fueron los
únicos pobladores originales de Baja California que nunca aceptaron someterse a
las actividades de los misioneros. Su historia se caracteriza por una continua
lucha contra el despojo de sus tierras… pero a pesar de esto, los kiliwa están
desarraigados permanentemente de la mayor parte de sus territorios originales,
reducidos al ejido Arroyo de León, cerca de Valle de Trinidad, en tierras casi
inhabitables, con poca agua y reducidos planos para cultivar, predomina la
vegetación de un medio desértico… En el 2000 el INEGI registró un total de 52
hablantes de habla kiliwa. Sin embargo, la realidad muestra que el número es
mucho menor, pues no llegan a diez laspersonas que conocen y hablan la lengua. (*Lenguas
en riesgo, cantos de Trinidad Ochurte, CDI, COMISIÓN NACIONAL PARA EL
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS,2006.)
Cuando empecé con la idea de este proyecto, decidí
utilizar algunos aspectos de su mito de creación para tener un guión conceptual
y posibles soluciones visuales, pero desde el primer viaje que hice a Arroyo de
León, me di cuenta de que el proyecto debía tratarse de algo mucho más concreto
y real: la extinción física y cultural como reflejo de pérdida de identidad y
la relación entre el mundo moderno y sus tradiciones:
“Pues si me muero
vuelvo otra vez de vuelta
porque aquí está
bonito, y si me voy y ya no vuelvo,
es muy triste
también. Pero yo digo una cosa, todo esto no es de nosotros,
nada, absolutamente
nada
todo lo que tienes
va a quedar
aquí en la tierra”.
Trinidad Ochurte,
cantador Kiliwa*.
Mi objetivo debía ser otorgar el punto de vista de
lo que queda, lo poco y devastado; mi interés se fue hacia la ausencia y el
abandono que reflejaba cada sitio que pude observar, este proyecto tendría
entonces que confrontar la manera en que ha sido documentada la vida indígena, o
en este caso, lo que quedaba de ella.
Desvanecer lo lejano, desde el punto de vista fotográfico me confrontó, al encontrar el
lugar donde nada queda, donde es tan dolorosamente real la ausencia, que me
hizo tomar una serie de decisiones “nuevas” sobre cómo abordar este proyecto.
Para empezar, no incluir retratos, sólo fotografías de sus manos; por un lado
porque encontré singular su manera de representar lo lleno y lo vacio y así
cumplir de una manera sutil con el concepto de tiempo que fue en la cosmogonía kiliwa,
tomando en cuenta la relación entre el sistema numérico pentacimal y las fases
de la luna: la palma de la mano abierta es igual a un cinco y la luna llena, un
puño cerrado, es el cero, pero no es un vacio; la luna negra es “la luna que
está empezando a crecer”.(Los kiliwa, Jesús
Ángel Ochoa Zazueta).
Después, desarrollé una serie de imágenes haciendo
un recorrido de paisajes por distintos lugares que me fueron señalando como
parte de su territorio en el pasado y lo que queda en el presente; los objetos
que poseen, algunas casas, los caminos que llevan a la zona donde viven, y los
que los rodean, todo lo que pude percibir de su entorno, lo que queda, la
continua soledad, pareciendo algunas veces lugares abandonados; otras, hechas
con despojos de la ciudad, lo que parece no servir, aquí tiene una utilidad
máxima, cuando parece que nada puede vivir ahí, surge la pregunta, cómo y quién
vive ahí… Propongo con estas imágenes, pensar en ellos, dibujar en la mente ese
rostro, como cuando leemos una historia y cada quien crea en su imaginación el
físico de los personajes o los lugares que nos describen las palabras.
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| "Me mataron los murmullos". Fotografía de páginas de libro Pedro Páramo de Juan Rulfo con intervención digital. |
Al mismo tiempo, me interesó la relación entre los
montajes de los museos de historia o antropología, el cómo son representados
los indios y su pasado, en contraparte con la verdadera historia que viven y
como están disolviéndose en la historia, haciendo referencia a la manera en que
la memoria actúa como un espejo a través
del cual el colonizador ve reflejadas las propias versiones, valores y
estereotipos que ha generado en torno a la historia y que ha impuesto en la
memoria histórica de los indios, quienes a su vez han hecho una selección
ideológica de estos elementos, los han mezclado con versiones originales
provistas por su tradición oral y finalmente han diseñado su propia versión que
nos expresa no sólo la imagen que conservan del colonizador en la historia,
sino el concepto que tienen del colonizador en la actualidad (Everardo
Garduño, La historia de ayer vista por
los indígenas de hoy).
Una representación conceptual de lo histórico, en
contraparte al despojo, el olvido y abandono
en el que encontramos la realidad de los kiliwa, pero al mismo tiempo,
como un reflejo del mundo “moderno” donde podemos identificar el largo proceso
de occidentalización de América Latina.
“Lo que yo tengo
entendido de cuando llegaron los españoles, es que la gente aprendió a ponerse
ropa, aprendieron también el español y la religión, porque antes la gente no
sabía, no sabía nada de eso”.
Gloria Castañeda, indígena kumiai de San José de la Zorra.
Sobre la representación de la historia también encontré algunas leyendas
tradicionales que me sirvieron de ejemplo, como la piedra y las trenzas
milagrosas, aportando otro punto de vista entre la cultura colonizadora y la
indígena, la tradición oral que se modifica y cómo va pasando de generación a
generación, lo que también es un gesto de resistencia.
“Las mujeres (señoritas),
ofrendaban sus trenzas al brujo de encargado de aquí, entonces se fueron
haciendo trenzas muy grandes que andan por ahí todavía, creo que a esas trenzas
se les pidió un deseo y se le cumplió, son muy poderosas. Recuerdo que mi
paisana quería casarse con un tejano, un hombre güero, alto, le ofrendó un
listón rojo y le cumplió el deseo…
Otra de las cosas que tenemos en el camino que viene
para acá, subiendo la cuesta, más arriba, es una piedra que adoramos como una
virgen. Esa piedra fue destruida por gente de esos tiempos (misioneros), porque
no quieren que adoremos lo de nosotros, ellos querían que adoráramos una
iglesia, sabemos que hay un Dios y lo respetamos mucho, pero no creemos en
alguien que viene con un sotanón grande y se nos pare enfrente… Nosotros
seguimos con esa piedra, le llevamos agua, comida, una flor, sodas, una vela,
lo que podamos, incluso una temporada que no llovió, Doña Clara fue, se le
presentó y esa misma tarde estaba lloviendo aquí.”*
Elías Espinoza,
Arroyo de León, Junio 2006.
*Lenguas en riesgo, cantos de Trinidad Ochurte, CDI,
COMISIÓN NACIONAL PARA EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS.2006.
La otra parte fundamental del proyecto, fue la
cuestión de la lengua: en realidad sólo hablan kiliwa cinco personas; a pesar
de varios esfuerzos, como el de crear un Diccionario
práctico, de Leonor Farlow Espinoza y Arnulfo Estrada. Leonor, a quien no
pude conocer en persona, pero sí su trabajo y un poco de su vida, es kiliwa
mestiza, de padre apache y madre kiliwa, y a pesar de haber tenido quince
hijos, ninguno habla la lengua, pues
parece que esa es otra manera de llegar al olvido, eso que parece ser la gran
herencia de Occidente, la vergüenza de ser indio, muestra aquí una de sus
consecuencias. Entonces, a manera de homenaje y de colaboración con el objetivo
de preservar la memoria, un juego donde podamos aprender cómo nombrar en kiliwa, algunas cosas que nos rodean. Además,
en colaboración con mi hermana Florencia, realizamos una pieza de video que
podrá ser vista en exposición. En esta pieza, se escuchan las voces de dos kiliwas, Hipólita Espinoza y José
Ochurte; les pedí que cuando yo dijera una palabra en español ellos me
contestaran con la palabra en kiliwa; algunas veces no conocían la palabra o no
se acordaban, pero nos llamó la atención, que palabras como amor o final no tuvieran traducción. Obviamente, escuchar el sonido de la
palabra, es otro de los objetivos del video, pues en un sentido sensorial, es
aún más profundo.
Este ensayo fotográfico trata de hacer énfasis en el
proceso de extinción, en cómo se ve y se vive lo árido de un paisaje y al mismo
tiempo la belleza que genera la ausencia, lo lejano y lo austero; recordando a
Benjamín, ver una belleza nueva en lo que
desaparece. La resistencia cultural con que han sobrevivido o el decidir no
reproducirse, no ser, y hasta no recordar, no luchar siendo más, sino sólo
conservándose lo más dignos, lo más fuertes, pero al mismo tiempo lejanos. Éste
es mi propósito visual, encontrar esa fuerza en ese círculo que se cierra, se
quema y quedan sólo las cenizas, es ese encuentro con el fin de una historia
que se disuelve para ser vista como una reflexión, buscar lo que queda entre el
tiempo y el olvido, siguiendo el rastro de nuestra memoria.